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Una historia de vóley e inclusión en los torneos JUAR


La de Isabela Aibar es una historia que retrata el espíritu de los JUAR, un torneo nacional y federal que fomenta la inclusión, el respeto por la diversidad y la no discriminación. En esta competencia todas y todos son bienvenidos para dar lo mejor de sí e intentar clasificarse a la instancia nacional.

Aibar nació un 3 de marzo de 1994, en San Fernando del Valle de Catamarca. En ese momento tenía otro nombre, pero nada le impidió convertirse en una deportista con todas las letras.

A los 12 años se enamoró de un compañero de su curso, algo que para muchos es una de las experiencias más lindas de la adolescencia, pero para ella fue dolorosa y la vivió sufriendo el miedo al qué dirán.

“Descubrí el amor cuando me enamoré de un chico de mi curso, que en ese entonces era de mi mismo género, entonces lo ocultaba porque sentía que estaba mal”, cuenta Isabela. Durante años tuvo que ocultar sus sentimientos, lo que le impidió vivir el primer amor a temprana edad. “Nunca pude tener un amor adolescente que sea correspondido, estaba mal visto que un hombre sienta amor por otro. Es una etapa que la tengo totalmente anulada y siento una especie de rencor porque no era aceptado lo que yo sentía. Me perdí una experiencia hermosa”, confía.

“Yo sentía un peso muy grande -confiesa-, porque tenía que ver a este chico todos los días y tenía que hacer todo lo posible para que él no se diera cuenta que yo lo amaba”. Tras cargar con ese secreto durante 5 años, decidió hacerle caso a su corazón y se le declaró una vez terminada la escuela. La liberación que sintió fue total y destaca el accionar del chico: “Obviamente no fue correspondido, lo aceptó de la mejor manera, me agradeció y me dijo que no sentía lo mismo, pero esto me dio el impulso para comenzar mi transición”.

Isabel posa con una medalla ganada. Foto: Universidad Nacional de Catamarca.

Isabel posa con una medalla ganada. Foto: Universidad Nacional de Catamarca.

“La Isa”, como es conocida en el ambiente del vóley, comenzó así la búsqueda de su identidad, que la llevó a iniciar más adelante el cambio de género. “Cuando veía a mis primas y amigas cómo se cambiaban, yo necesitaba sentir lo mismo. Como hombre no me sentía bien”.

Cuando terminó la escuela decidió comenzar con el tratamiento hormonal, con un pequeño detalle: en Catamarca no existía este procedimiento. El lugar más cercano era Córdoba, dónde el procedimiento era gratuito, pero debía viajar seguido, por lo que tuvo que buscar un trabajo para hacer frente a los costos. El proceso se extendió durante tres años tomando medicamentos, hasta tres pastillas por día, pero tuvo que interrumpirlo porque le hacía mal. También inició el trámite para obtener el D.N.I como Isabela, lo que le permitió poder convertirse en una deportista de competición. Además, inició sus estudios de traductora de inglés en la Universidad Nacional de Catamarca.

Desde muy joven el voley estuvo presente en su vida porque veía a su hermana jugar, pero nunca se animó a practicarlo porque el deporte para “hombres” era el fútbol. Recién en 2019, sin tener ninguna idea de cómo jugarlo, decidió saldar su cuenta pendiente. Comenzó dando pequeños pasitos en el polideportivo de la ciudad para luego dar el salto y entrar al equipo de Club Olimpia.

“La Isa” sorprendió a la entrenadora, quien rápidamente decidió anotarla como “federada” para que sea jugadora oficial del club. Sin tener experiencia previa, la directora técnica decidió que se saltara la tercera categoría y pase a segunda sin escalas. “Al principio ella me decía que no remate muy fuerte porque los rivales se iban a quejar, ella siempre quiso cuidarme”, dice Isa, sin embargo, no hay reclamo de los rivales que valga porque está avalada por las reglas y así lo indica su documento de identidad.

Tras más de tres años, hoy juega en la máxima categoría del club. “Cuando Vicky (la DT) me comunicó que iba a subir a primera, me dijo que tenía que soltarme y jugar al cien por ciento”, asegura porque el deporte de alto rendimiento no perdona y ella tenía que darlo todo.

Su pasión por el voley hizo que fuera seleccionada para integrar el equipo de la Universidad Nacional de Catamarca en los JUAR. Su 1,85 de altura la destaca y la aprovecha para bajar su brazo como un martillo y lanzar remates potentes para vencer la defensa rival. “Muchas veces se quejaban por mi altura, tengo 20 cm más que la altura promedio de las demás chicas, la naturaleza me benefició en eso”, relata mientras sonríe.



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