
Arturo, un gato siamés, cumplió 22 años y su familia decidió festejarlo en la veterinaria donde se atiende junto a los profesionales que lo trataron a lo largo de su vida. Paula Maceiras, la dueña, organizó la celebración para el cumpleañero: hubo torta con velitas, globos y muchos invitados. “Como era una ocasión especial, lo vestimos con un moño porque ya es un señor y teníamos que llevarlo elegante”, cuenta en diálogo con Clarín.
El Hospital Veterinario MAPA de Burzaco es donde se hizo el festejo. “Se nos ocurrió ir a festejar con su doctora y le pareció una propuesta muy divertida”, asegura. “Nos acompañó mi mamá, mi marido, mis dos hijos y estaban todas las médicas y recepcionistas y entre todos le cantamos el feliz cumpleaños”, relata.
Arturo llegó a la casa de Paula cuando tenía poco más de dos meses. Hasta ese momento, en su familia nunca nadie había tenido gatos. “No sabíamos nada, siempre habíamos tenido perros grandes. Y de golpe apareció este pompón que quería dormir en nuestros brazos y que se nos refregaba en las piernas”, recuerda.
A las pocas semanas de haberlo adoptado, Paula comenzó a trabajar en una clínica y el cuidado del gato quedó compartido con sus padres. “Mi mamá me decía ‘¿Qué hacemos con este gatito?’ y yo le decía que lo cuidara hasta que volviera. Así fue quedándose con todos nosotros”, cuenta. Con el tiempo, Arturo se adaptó a cada transformación familiar. Primero, a la llegada de Roberto, su pareja en ese entonces y su actual marido. Luego, las mudanzas y, por sobre todo, a la llegada de la primera hija de la pareja, Paloma.
A partir de ese momento, no había forma de despegarla de la recién nacida. “El gato se fue directo con ella. Dormía en la cuna, en el cochecito, en todos lados donde estaba la bebé. Le pregunté al pediatra qué hacer y me dijo que si no le pasaba nada, que lo dejara. Así, él la acompañó toda la vida”, relata. Desde entonces, el vínculo entre ambos es inseparable. Hoy, 15 años después, Arturo sigue durmiendo con Paloma y hasta la “reta” con maullidos si no se acuesta en horario.
A sus 22 años, Arturo tiene una rutina que combina hábitos de toda la vida con cuidados específicos por su edad. “A la mañana pide su carne picada, después come su alimento balanceado y sale un ratito al patio. Ya está más lento, pero está íntegro”, describe Paula.
Para la dueña, no existe una fórmula mágica como tal, pero sí una suma de factores: “El cariño, el cuidado y la preocupación que le damos. Siempre tuvo comida de calidad, controles veterinarios y atención cuando algo no estaba bien”. Incluso, hace un tiempo debieron cambiar su alimentación por indicación profesional, lo que ayudó a sostener su buen estado general.
Más allá de lo físico, Paula destaca el rol emocional que ocupa en la familia: “Es un integrante más. Todos llegamos a casa y lo saludamos. Sabemos que no nos va a contestar, pero él maúlla y sentimos que nos recibe”. Ese ida y vuelta es parte de una convivencia que se extendió por más de dos décadas.
El festejo por sus 22 años en el hospital veterinario donde se atiende y donde trabaja su dueña, fue una forma de agradecer esa compañía. “Lo vestimos con un moño porque ya es un señor”, cuenta. Y aunque reconoce que la expectativa de vida de los gatos ronda los 25 años, no se apura a pensar en el futuro: “Ojalá podamos seguir festejando muchos años más”.

